
“Ahora está enfadado, déjalo tranquilo”.
Con tantas noticias y denuncias recientes sobre abusos y violaciones protagonizados por hombres famosos, referentes, altos cargos e incluso simpatizantes del movimiento feminista, se despierta en mí, como padre, una alarma visceral: “Haría lo que fuera por evitar que alguno de mis hijes tuviera que vivir esto”.
Es como si hablara de un monstruo externo, una amenaza que aparece de la nada, acechando a nuestras vidas. Pero aquí viene el giro de guión inevitable: ese monstruo no es externo. Ese monstruo, me doy cuenta, que puede habitar (y estoy seguro que en cierto modo habita) dentro de mí. Y puede también, potencialmente, germinar dentro de mis hijes.
Ese monstruo, que Connell llamó “masculinidad hegemónica” allá por 1995, sigue siendo un término rechazado hoy por muchos, tachado de exagerado o “ideologizado”. Pero negarlo no lo hace menos real. Ese monstruo nace, en gran medida, de nuestras infancias, de heridas cultivadas bajo un estereotipo de “hombre”, de la narrativa que nos enseñó que debíamos aprender a “apañárnoslas solos”, sin importar la edad ni las circunstancias. Aún más, nos enseñaron que si algo nos hacía perder los estribos o sentir ira, lo correcto era gestionarlo con silencio, distancia o violencia.
Hoy sabemos, gracias a investigaciones como las de Bowlby y su teoría del apego, que esa rabia que surge en nosotros tiene sus raíces en el miedo. Que nuestras emociones más intensas suelen ser una respuesta de supervivencia, una defensa ante la posibilidad de quedar desamparados. Especialmente en nuestra niñez, cuando dependemos absolutamente de los vínculos que nos rodean para aprender a existir en el mundo.
Pero por mucha teoría que tengamos, no estamos exentos de responsabilidad. Hoy, ya no son nuestros padres quienes nos encierran en una habitación para “pensar lo que hicimos”. Hoy, enfrentamos las consecuencias directamente con la ley, con la sociedad y con quienes resultan dañados por nuestras acciones. Hoy, nos toca mirar ese monstruo en el espejo, esa herida interna que alimenta nuestra idea de que somos eternos solitarios, condenados a la violencia como única salida para recuperar una falsa sensación de dominio y seguridad.
Estamos a tiempo. A tiempo de validar a nuestros hijes pequeños, de recibirles y sostenerles en sus frustraciones, en su ira, y de ayudarles a reconducir esas emociones hacia un espacio de empatía y cuidado. Podemos enseñarles a transformar la rabia en una motivación basada en el amor, tanto hacia sí mismos como hacia los demás. Y si reconoces que ese monstruo también habita en ti, aún tienes la opción de preguntarte: ¿Hacia dónde te está llevando este enfoque de tu identidad? ¿Cómo afecta tu actitud o tu expresión de la masculinidad a quienes te rodean?
Podemos desandar el camino del monstruo. Podemos reconstruirnos desde el cuidado y la reflexión. Lo que hagamos hoy marcará la diferencia entre perpetuar el ciclo o dar un paso hacia un futuro más justo, más humano y más compasivo.
¿Qué elección tomarás?

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